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Abaris, el hiperbóreo iatromantis.

 Legen­dario adivino y taumaturgo hiperbóreo del s.VI A.C., pueblo al que los griegos atribuían el conocimiento de la magia. Según la leyenda transmitida por Licurgo, atravesando los mortales un período de hambre y enfermedades, un oráculo de Apolo informó que sus penalidades acabarían cuando los ate­nienses realizaran cierto sacrificio (proérosiá) en su honor.

Ábaris llegó a Grecia procedente de una isla fértil y de suave clima, de extensión no menor que Sicilia, situada «más allá de donde sopla el viento del norte». Al verle, los atenienses quedaron sorprendidos tan­to por su carácter y la sencillez de sus costumbres como por su atuendo.

Atendiendo al oráculo, Ábaris reali­zó el sacrificio y logró eliminar las cala­midades que padecían los mortales; dicho sacrificio parece ser una antigua institución religiosa, probablemente anterior a la fecha en que se creía había vivido Ábaris. Píndaro sitúa al perso­naje en tiempos del rey Creso, es decir, hacia el 546 a.C. Según la Suda (s. x d.C.), Ábaris habría llegado a Atenas como embajador de los hiperbóreos durante la LUI Olimpiada, es decir, hacia el 568/565 a.C.; la misma fecha es propuesta por Eusebio en su Crónica (quien sin embargo le considera un es­cita) y por Hipóstrato.

En sus viajes se detenía para reali­zar purificaciones, alejar pestilencias o desviar los vientos, siempre sin to­mar alimento alguno. En época hele­nística se le imaginó viajando a través de los aires transportado por una fle­cha mágica que le había entregado el propio Apolo y que le permitía llegar a lugares inaccesibles.

Ábaris reconoció en el filósofo Pitágoras una encarnación del Apolo hi­perbóreo. La relación de Ábaris con Pitágoras (nacido en Samos hacia el 580 a.C.) es mencionada por Aristó­teles y Heráclides, aunque probable­mente se hablaba de ella ya en épocas anteriores; serán, no obstante, los filó­sofos neoplatónicos los que más insis­tan en esa coetaneidad en la que hoy no se cree. No tardó, pues, en hacerse de Ábaris un discípulo de Pitágoras, de quien recibiría conocimientos sobre la naturaleza y los dioses e, igualmente, sobre la adivinación por los números (cuando, hasta entonces, Ábaris sólo utilizaba la observación de las entrañas de los animales).

Jámblico ‘ hace a Ábaris y Pitágoras contemporáneos del tirano Fálaris de Agrigento (Sicilia), lo que es muy dudoso. Según este autor, Ábaris plantea­ba diversas cuestiones de carácter cien­tífico y teológico a Pitágoras cuando éste era prisionero del tirano griego y, viendo la lucidez de sus respuestas, pasó a venerarle como a un dios. Fálaris decidió entonces actuar contra los dos sabios, pero el mismo día en que iba a ejecutarlos una conspiración acabó con su vida. Ábaris es el destina­tario de una carta del Pseudo-Fálaris seguida de una respuesta (falsa) del propio Ábaris.

El propio Jámblico nos dice tam­bién que Ábaris se detenía a veces en tierra, descendiendo de su flecha mági­ca, para hacer una colecta con la que construir un templo al Apolo hiperbó­reo, a modo, pues, de los agyrtes o sa­cerdotes mendicantes de la Antigüedad.

No han faltado mitógrafos que re­construyeran el itinerario geográfico seguido por Ábaris a lo largo de su vida. Una de las escalas debió hacerla en Délos, donde Ábaris renovó la anti­gua alianza entre los hiperbóreos y los habitantes de la isla. Algunos autores antiguos consideran que fue entonces —y no antes— cuando recibió de Apolo sus dotes proféticas. En su condición de profeta y purificador de almas, Ábaris recorrió toda Grecia, re­velando los secretos del futuro y cu­rando las enfermadades mediante fór­mulas mágicas.

Según un escolio Ábaris recopiló unos oráculos (los chrésmoi de Ábaris o chrésmoi Skythikoi) que, en su ma­yor parte, eran prescripciones rituales. Así, liberó a Esparta de una peste, sien­do recordada su presencia en la ciudad con un monumento levantado en el templo de Koré Soteira’. De igual for­ma purificó también la ciudad de Cnossos en Creta.